Qué nos enseña María Montessori acerca de… el andar de los peques

Estos post que voy a realizar titulados «Qué nos enseña María Montessori acerca de…» tienen la finalidad de ir recopilando y mostrándoos los pensamientos filosóficos de esta mujer que nos inspira en el día a día de nuestra familia.

Hoy os comento unas citas del libro que estoy leyendo «El niño. El secreto de la infancia», en su capítulo 11 titulado ANDAR.
En esta época de verano, es muy común y muy bueno salir a pasear con nuestros peques. Cuando son más mayores (3 años) ya paseamos con un destino casi siempre, como el parque, ir a hacer la compra, ir a ver algún partido de fútbol o ir a un sitio concreto. Ellos ya comprenden dónde vamos, aunque sea elección nuestra. Pero también a estas edades y sobretodo en edades anteriores, bien sabemos que los peques lo que quieren es simplemente andar, descubrir cada hormiguita o flor y lanzar todas las piedras que se van encontrando. Si son más pequeños aún, andar cambiando el rumbo y el sentido de la marcha es lo más divertido del mundo. Los adultos, como solemos salir a pasear con ellos, pero siempre con algo que hacer, perdemos los nervios, pues no avanzamos hacia nuestro destino final. Por eso, os dejo esta reflexión de nuestra autora, para que os planteeis esos paseos desde otro punto de vista. Y los realicéis de manera exclusiva con vuestros hijos, sin ninguna otra finalidad.

 

 

Plantearos también la necesidad de usar el carro en estos ratitos, desde que los peques comienzan a caminar. Normalmente, no les gusta mucho meterse en el carro, y suelen llorar. ¿Nos planteamos el por qué? Si no es absolutamente necesario, intentad evitarlo, aunque sea más trabajoso para nosotros evidentemente. Pensad que quizá se rebelen porque pasan por su periodo sensible de caminar y es importante que no les obstaculicemos este momento tan necesario. A ver si os ayuda.
Los animales superiores se adaptan por instinto a las condiciones de sus pequeñuelos; nada más interesante que lo que ocurre cuando un joven elefante es conducido por su madre al grupo de adultos; la gran masa de los enormes paquidermos reduce su marcha, para que el pequeñuelo pueda seguirles; y cuando éste se para por la fatiga, todos detienen su marcha.
Un día observé a un japonés que llevaba a paseo a un hijito suyo de un año y medio a dos años de edad. De repente el niño, parándose, rodeó con sus bracitos una de las piernas de su padre; éste se paró en seguida ante el niño, el cual empezó a dar vueltas alrededor de la pierna elegida para este juego; cuando terminó este ejercicio, reanudó en seguida el paseo interrumpido. Al cabo de un instante, el pequeñuelo se sentó sobre el borde de la calzada, el padre se paró a su lado, su fisonomía era seria y natural; no hacía nada de excepcional, era sencillamente un padre que paseaba a su hijito.
Así deberían comprenderse los paseos, para facilitar al niño el ejercicio esencial de andar precisamente en la época en que el organismo tiene necesidades de fijar tantas coordinaciones motrices, que tienden a establecer el equilibrio de la persona y la dificultad enorma exclusiva del ser humano, que es caminar con dos pies.