Semana Santa en Valladolid

Esta Semana Santa hemos estado en Valladolid, concretamente en Sardón del Duero, un pueblecito cerca de Peñafiel. Se disputaba allí, el Campeonato de España de Orientación (deporte al que estamos enganchados, y al que le dedicaré un post algún día, para que conozcáis los beneficios que tiene este deporte en los peques), y decidimos desplazarnos, con lo que ello conlleva, al tener un peque de 3 años y otra de 5 meses. Pero era una buena oportunidad para encontrarnos los cuatro y conocer más lugares de nuestro país.

Lo mejor de elegir esta zona, fue la cercanía del río Duero, a unos 200 metros de la casa en la que nos alojamos. Todas las tardes estuvimos paseando por la ribera del río. Adrián e Inés disfrutaron mucho de este sitio. Adrián no paró ni un minuto quieto, tirando piedras, saltando y viendo cómo se iban los palitos que echaba al agua.

También tuvo sus momentos de concentración, los cuales me encantaron, pues pude comprobar que Adrián no es tan cabrita loca como aparenta.

El lugar y el momento era perfecto para construir un maravilloso barquito. Hay veces que no planeas las cosas y sin embargo, el contexto y las ganas de enseñar todo lo que puedas a tus peques, te brindan la oportunidad de que te empiecen a surgir ideas extraordinarias. Adrián quedó encantado de nuestro barco y no por supuesto hicimos que navegara un ratito Duero abajo, hasta que lo perdimos de vista.
Con Adrián he comenzado a hablar de temas de geografía, y ya tengo en marcha el proyecto de continentes, que podéis ver mejor en la web Montessori en casa, donde Cristina nos da todas las claves para poder llevarlo a cabo. De momento, tan solo le he estado explicando los continentes que se pueden ver en la bola del mundo Montessori, que nos encanta por su tacto suave y su colorido brillante (hasta Inés disfruta viendo esos colores tan atractivos). Sin embargo, aprovecho cualquier situación para explicarle ya cosas relacionadas con este proyecto, como bailar con las músicas del mundo (playlist de Montessori en casa) y relacionarla con los distintos continentes o explicarle que el agua del río viaja hasta que llega al mar, donde se mezcla con el agua del océano…en fin, cualquier dato que a ellos les pueda resultar atractivo, pero siempre jugando claro. Así que tuvimos una larga charla, hasta que le quedó más o menos claro que el agua viajaba hasta el mar, me encantó.
No muy lejos de este pueblo, hay otros de mayor envergadura, como puede ser Peñafiel. Dimos un paseo por sus calles y lo que más me gustó fue esta plaza tan antigua y tan bien conservada. Es la plaza del Coso, de origen medieval y en la que se sueltan reses durante las fiestas patronales.
El castillo de Peñafiel no pudimos verlo, pues estaba cerrado. Pero no desistimos de enseñarle a Adrián otro castillo, por ello nos fuimos al castillo de Portillo. Ya tenía yo ganas de que conociera un castillo de verdad y se diera cuenta de que no solo son de plastico y para saltar (uf!!). No dejo de decir, y lo seguiré diciendo, que los peques nos sorprenden como mínimo una vez al día, si no más. Muchas veces subestimamos a los más pequeños, en cuanto a su fuerza o su capacidad cognoscitiva. Adrián nos dio una lección acerca de la capacidad de subir escaleras de un niño de 3 años. Se las subió todas el solito, hasta la piedra más alta de la torre más alta del castillo, aun en aquellos momentos en los que los escalones no facilitaban mucho el acceso a lo más alto. Y él encantado de haber conseguido una proeza y poder disfrutar por sí mismo del paisaje con el que nos deleitó el esfuerzo.
Esta zona también tiene una peculiaridad, y son las llanuras de los campos. Está bien, pues pudimos pasear con Adrián y su bici, hasta el infinito, y no se cansó. Esta zona de viñedos, nos encanta. Las formas onduladas de estas llanuras son geniales para ver más allá de lo que te permite la vista. La cultura del vino también nos atrae bastante y disfrutar de un buen caldo, y sobretodo de esta zona, es encantador. Y aunque pueda parecer monótono el terreno, en cualquier momento nos puede sorprender algo inesperado, y cuando vas con Adrián e Inés, aún más pues para ellos casi todo es nuevo (me encanta volver a valorar todo lo que nos rodea).
Estuvimos unos 20 minutos observando y descubriendo cada pelito de cada procesionaria de esta fila que nos interrumpió el paso. Buscamos en internet la información y Adrián tenía claro que no había que tocarlas, pero su curiosidad no le permitió avanzar hasta que la fila desapareció por el otro borde del camino.
Otro día nos acercamos hasta Valladolid, a disfrutar de las procesiones y del ambiente religioso-cultural que se respiraba en cada esquina de la ciudad. Adrián alucinó con los pasos, aunque no veía todavía mucha diferncia entre estos y las fallas, que ya conoce desde que nació (qué gracioso). Lo mejor fue aprovechar la ocasión para ir buscando cada iglesia y cada cofradía con la ayuda de un plano.
Ha sido una buena experiencia en familia. Como siempre hay que llevar muchas cosas preparadas y pensadas para los peques, pero también te sorprenden muchas otras que te vas encontrando por el camino. Lo que está claro, es que si no te arriesgas a ir, nunca te sorprenderán.